Acá estuvo Gerardo

El domingo 2 de marzo pasado se colocó una baldosa en un edificio del barrio de Almagro, para recordar el lugar donde vivió Gerardo Strejilevich, estudiante de Exactas detenido desaparecido desde julio de 1977. El recuerdo de su hermana y de sus amigos.

26 de marzo de 2008

Ahora, en la vereda del edificio de Avenida Corrientes 2583 hay una baldosa que dice: “Aquí vivió Gerardo Strejilevich, militante popular detenido desaparecido por el terrorismo de Estado. 15-07-77. Tus familiares y amigos. Barrios x Memoria y Justicia”. Antes, la vereda tenía baldosas iguales entre sí, tal como las conocía Gerardo Strejilevich por transitarlas cada día de su vida hasta que un grupo de tareas lo secuestró. Tenía 27 años. No volvió a pisar esa vereda. Su familia, amigos y compañeros, de militancia y de facultad, no supieron mucho más acerca de él.

La iniciativa de homenajear a los desaparecidos porteños nació de la inquietud de varias organizaciones barriales -casi todas nacidas de la crisis de 2001- que conformaron la Coordinadora Barrios por Memoria y Justicia. La primera fue colocada frente a la Iglesia Santa Cruz, en Urquiza y Estados Unidos, en cuya puerta fueron secuestradas varias de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, otros familiares de desaparecidos y la religiosa francesa Alice Domon. La actividad, que había comenzado con la identificación de los lugares mediante carteles adhesivos continúa y, lenta pero sostenidamente, las baldosas se van convirtiendo en una presencia reconocible en la Ciudad. Ya hay sesenta en las veredas y, de acuerdo a lo que se proyecta desde la Coordinadora, se colocarán trescientas más.

Gerardo Strejilevich era estudiante de la carrera de Física en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y estaba a punto de defender su tesis de licenciatura, que venía realizando en la CONEA. Militaba en la Juventud Universitaria Peronista, la JUP. El mismo día de su secuestro cayeron otros dos estudiantes de Física y militantes, que trabajaban en la CONEA; eran Daniel Lázaro Rus y Jorge Badillo. Y también su novia, Graciela Barroca. Al día siguiente se llevaron a Manuel Rojas y a la hermana de Gerardo, Nora, quienes fueron torturados en el campo clandestino “Club Atlético” y posteriormente liberados. Gerardo y su novia se estima que fueron llevados al Club Atlético y, cuando éste cerró, trasladados a la Escuela de Mecánica de la Armada. Rus y Badillo también continúan desaparecidos.

Una vez llegada la democracia, Nora hurgó en los testimonios de otros detenidos y recorrió la ESMA, acompañada de “atentos marinos”, con el objetivo de reconstruir el destino preciso de su hermano, con poca suerte. El plan militar de borrar el pasado, explícito en la irónica entelequia videlista y apoyado por acciones concretas como destruir y ocultar documentación, parece a veces inexpugnable.

Nora también decidió iniciar el trámite por reparaciones a raíz de la desaparición de Gerardo, pero se encontró con una sorpresa. Mientras otros casos avanzaban, el de Strejilevich estaba frenado. La causa de la demora fue sorpresiva: Gerardo había cometido un fraude, lo que impedía el beneficio de la reparación. La explicación también fue sorpresiva. La Policía Federal tenía en sus fichas un caso que le había sido remitido desde la Universidad de Buenos Aires: un joven estudiante no había devuelto un libro de Física a la Biblioteca y no había acudido al juzgado el 16 de diciembre de 1980, tal como estaba citado. El joven era Gerardo. Sus padres habían informado en su momento que su hijo estaba desaparecido desde 1977, pero su “prontuario” recién volvió a estar limpio hace siete años.

Recuerdo

El turno del homenaje a Gerardo tocó un día de alerta por posibles tormentas, el domingo 2 de marzo pasado. Pero el pequeño acto se llevó a cabo de todas formas: a las cinco de la tarde no llovía, y en la vereda del edificio estaba su hermana, Nora -que actualmente reside en los Estados Unidos- amigos de Gerardo, compañeros de militancia y de estudio. La baldosa es negra, con letras amarillas y rebordeada con venecitas de colores vivos.

“El acto fue pequeño, nada rimbombante y muy, muy sentido”, contó Julio Bertúa, compañero de militancia de Gerardo y también, por ese entonces, estudiantes de Física. “Participó gente que lo conocía y que estuvo presente por eso, y también gente que no lo conocía. Es muy particular, muy positivo, que se hayan acercado personas que estaban en Exactas en los 70 pero que no tenían ningún tipo de militancia y que hoy se sienten comprometida con esa memoria”.

Bertúa recuerda a Gerardo como un tipo impetuoso, activo, lanzado, “con actitudes imprevisibles y muy buena persona”. “Las cosas que se proponía las llevaba para adelante con todo… Un día discutió tanto con el titular de una materia que lo llevó a decir en clase: ´Si él no sale, el que se va soy yo´”, contó remarcando más de una vez lo importante que considera recordar a los desaparecidos por sus valores humanos. Y, más allá de las anécdotas, Bertúa consideró que no fue casual la seguidilla de desapariciones de personal de la CONEA: “A Rojas y a Nora los largaron, y ninguno formaba parte de la CONEA. Por ahí estaban buscando por ese lado. En poco tiempo desaparecieron muchos compañeros de ahí, como si se tratara de una ´limpieza`, pero por ahora no tengo más elementos que nos ayuden a dilucidar”.

Cuando Bertúa usa el plural, se refiere a un grupo de graduados y ex estudiantes de Exactas que volvieron a frecuentarse desde marzo de 2006, cuando la Facultad organizó una serie de actividades recordatorias del 30 aniversario del golpe de Estado de 1976. “Para mí significó un reencuentro con gente que hacía más de 30 años que no veía… Gabriel Bilmes, Oscar Martínez, con el que compartimos también el acto de Gerardo. Volver a compartir, a discutir, a charlar, ver que en todo ese tiempo tomamos distintos caminos pero que hay ciertos elementos básicos comunes que nos sostienen”, concluyó.

En algo andaría
Nora Strejilevich, hermana de Gerardo, recibió asilo político de Canadá una vez que fue liberada del campo clandestino Club Atlético. Allí se doctoró en Literatura Latinoamericana. Vive en la ciudad de San Diego, en los Estados Unidos, es profesora universitaria y escritora. La experiencia de la desaparición de su hermano y buena parte de su familia, lo mismo que la reflexión sobre su secuestro y tortura, las volcó en el conmovedor libro Una sola muerte numerosa, del que Osvaldo Bayer escribió: “Nora ha logrado una obra literaria, porque nadie podría describir ese estado de desaparición en otro estilo”. Transcribimos a continuación el capítulo En algo andaría:

¿Qué número puedo marcar para dar con vos, Gerardo? ¿Y qué les digo cuando me atienden? No quiero sonar como esas viejas que hablan maravillas de sus hijos. ¿Cómo les digo que sos el más querible, el más simpático, el más inteligente, el más malhumorado, el más vital, el más amigo?

Señores, el que busco toca la guitarra, tienen debilidad por el café, juega al fútbol y hace otros deportes, a veces mira la televisión y cocina mucho mejor que mamá.

Va a campamentos y trasnocha, tienen amigos en varias lenguas, viaja por el continente y escribe poemas cuando anochece.

Está por terminar su tesis sobre resistencia de los materiales pero no resiste ni el metal de la tijera que le tiro a los cuatro años. Piensa casarse.

Milita, dice ser ateo pero tiene un padrenuestro: que todos puedan comer, estudiar, elegir. En algo andaría.

El que busco tiene ojos que hablan, pelo salvaje, tamaño imponente, voz ondulada y gestos de niño.

El que busco no envejeció, no tiene la frente marchita ni plateada la sien.

Sabe jugar a las escondidas, al Cisco Kid, al patrón de la vereda y al ajedrez.

Me enseña a recitar los zapatitos me aprietan / las medias me dan calor / y el muchachito de enfrente / me tiene looooooca de amor.

Es bueno para las matemáticas pero puede dibujar una vaca. De chico se encierra en el baño, de grande en su cuarto, y de más grande lo encierran en un campo.

Vive en una foto carnet blanco y negro; en una diapositiva a color, remando en un lago, camisa anudada y panza afuera; en un cuaderno con cálculos matemáticos; en un par de zapatos, y en varios programas autografiados de conciertos.

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Un amigo
por Eduardo Sancho*

Corría el año 1975, hacia fines del mismo la Facultad se cierra antes de cumplirse el calendario. El doctor Bali, titular de Electromagnetismo, pone una fecha de prefinal para el 7 de enero del 76. Yo no quería rendir la materia porque había discutido con él. Gerardo baja corriendo las escaleras:

– ¡Si no das el prefinal, Bali no le va a tomar examen a nadie!

Al hacerme ver que todos los demás se verían perjudicados, me convence.

Estudiamos juntos “Electro”, lo que me acerco a él y a su familia, a veces de manera abrupta. Gerardo era un niño grande, un niño exuberante, travieso, ingenioso. Convencido de que el mundo debía cambiar. Un creyente, un noctámbulo, alguien que amanecía sin dormir, alguien para quien el ciclo día-noche-día era la secuencia lógica de su vitalidad. Yo soy un tipo diurno, mis horarios son de 8 a 22; por supuesto que el ritmo de Gerardo era el opuesto. Él logró que yo cambiara: estudiábamos de 20 a 6.

Yo llegaba a tarde a su casa -la paterna, la familiar- porque trabajaba de día (ya el país había sido sacudido por el Rodrigazo). Semidormido, me tomaba dos horas para una siesta. De acuerdo a la ocasión, él me destinaba a distintos lugares de la casa en los que podía tirarme un rato a descansar:

– Andate al cuarto de al lado. Quedate aquí, yo voy a la cocina.

Un día me dijo: “Andá al cuarto de al lado del baño”. Cuando yo estaba durmiendo, su hermana abrió la puerta y se empezó a desvestir. Recién cuando me desperté se dio cuenta de mi presencia en su cuarto. Todavía me acuerdo de su cama -tenía un cobertor blanco o claro- . ¿Cómo olvidar ese momento? Yo estaba como en las nubes: cuando me despierto, una bella mujer y un grito al unísono. ¡De pronto estaba en medio de un strip tease para mi solito! Así la conocí a Nora.

Gerardo jugaba, esa es la palabra, había tenido asma de chico y su padre y madre estaban pendientes de su salud. Sería por eso que nadaba, jugaba al fútbol, era músico, soñador, se desquitaba de los frenos de la infancia; sabía que quieras o no te robaban igual la vida, como solía decir. No obstante, era alguien muy cuidadoso: cuidaba a su novia Graciela, a la que amaba y de la que no se separó nunca, a sus amigos, a los que cuidó aún cuando caían en desgracia.

Gerardo era amigo de Oscar Cuasnicú, el campeón juvenil de ajedrez, de los billares de Corrientes, de las panaderías que por esa arteria perfumaban el centro a las 6 de la mañana. Era como el muchacho de la foto que guardo: apolíneo, bello, de unos ojos claros y hermoso cabello, él era un modelo. Un modelo de amigo, de hermano, de hijo, de compañero, de hombre, de futuro.

* El físico Eduardo Sancho fue amigo de Gerardo Strejilevich y hoy es docente en la Facultad de Ingeniería de la UBA.

Fuente: El Cable Nro. 678

Armando Doria