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02 de Agosto de 2010
Historia de vida
Investigadora bajo hielo
Con temperaturas por debajo de los -30º, vientos superiores a los 100 kilómetros por hora, la geóloga Andrea Concheyro sabe de vicisitudes en el continente blanco. Allí ya lleva vivido treinta y dos meses en campamento. “Yo no soy mujer de base, sino de carpa”, define, quien busca reconstruir cómo fue el ambiente marino en esas latitudes hace más de 60 millones de años.
Por Cecilia Draghi

Madrugada de febrero de 1991 en el campamento “Geolamas” de la Isla Marambio, en la península Antártica. Las palabras se veían en la carpa. “Hablábamos y la respiración se condensaba de un modo que parecía niebla”, recuerda la doctora en geología Andrea Concheyro. “Me muero de frío, me dijo mi compañera esa noche. Y le contesté: “No puede ser si la bolsa de dormir soporta –30ºC. En eso, miramos el termómetro y marcaba –36,5º”, agrega.

¿Qué hicieron? “Aguantar. Juntar un poco las colchonetas para darnos calor. Es horrible dormir con frío”, describe a modo de anécdota sobre una de sus dieciséis campañas científicas realizadas en carpa al continente más gélido del planeta. Ya lleva casi tres años, 32 meses para ser precisos, de vivir rodeada de hielos, de la cual la separan un toldo de lona sintética de no más de dos metros de altura por otro tanto de superficie. Ese es su hogar cada verano. Ella junto con su equipo de trabajo, un puñado de investigadores, son llevados en avión o helicóptero según el recóndito sitio de territorio congelado a explorar. Allí son dejados, y serán buscados dos meses más tarde, luego que recolectaron material con el fin de reconstruir el ambiente marino de esas latitudes hace más de 60 millones de años.

Siempre fue en carpa a la Antártida, aún su primera expedición en 1989 cuando tenía 25 años y era llevada a prueba. El equipo acampó a cuatro horas de marcha de la base Marambio. “No soy mujer de base, sino de campamento. Es la libertad absoluta”, señala vehemente y no ocultará su pasión por su quehacer a lo largo de casi tres horas de entrevista. Sentada en su laboratorio de la Ciudad Universitaria, rodeada de papeles, muestras geológicas en espera de análisis, ella acude a su computadora una y otra vez para mostrar fotos o gráficos que ayuden a comprender mejor su relato. De alma docente, risa entusiasta, ella que no tiene hijos sólo exhibe su coquetería para lucir con orgullo -casi de madre-, la camisa que le regalaron sus alumnos. Sin maquillaje, su cara no expresa rastros de tempestades polares, pero dos dedos de su mano perdieron sensibilidad por congelamiento como consecuencia de permanecer minutos sin guante a la intemperie en el frío austral. De imparable verborragia, Concheyro parece acostumbrada a hacer varias cosas en simultáneo sin perder el humor y con la energía propia de los pioneros.

En verdad, en sus primeros viajes, eran muy pocas las mujeres que se animaban a llegar al destino más austral del mundo, y menos aún en una tienda de campaña. “En mi paso por el Instituto Antártico nunca he sido discriminada por ser mujer. Siempre -precisa- he sido respetadísima por mis compañeros. Es difícil porque es un ambiente francamente de hombres. Esto significó que de jovencita he tenido que hacer no digo proezas, pero casi. Mostrarme imbatible. Una no se podía quebrar ni física ni psicológicamente, aunque luego fueras a la carpa y estuvieras muerta hasta el día siguiente. Por otro lado, debías mostrar que mantenías una línea de conducta, y sostenerla a lo largo de los años. Esto es lo que te da todo el crédito para que la gente te respete, te considere”.

El primer día de una nueva vida

La Antártida, del griego «antarktikos», "opuesto a ártico”, es en verdad la antípoda de todo lo que los humanos estamos acostumbrados. Un continente en que los reclamos territoriales han quedado congelados, están prohibidos los ensayos nucleares, así como las bases con fines militares y los desechos radioactivos. Hombres que provienen de países con viejos rencores allí trabajan mancomunadamente. En verdad, no parece de este planeta un territorio donde sólo se busca mantener la paz, desarrollar la ciencia y proteger el medio ambiente. Podría llamarse Utopía y haría honor a su nombre.

Al parecer, pisar su suelo nevado es un pasaporte a sensaciones inesperadas. “Llegás ahí y sos otra persona, para bien o para mal. Es fabuloso. No se puede poner en palabras. Es algo que se siente. De alguna manera es la existencia de Dios, para el que cree”, relata mientras acompaña la idea con sus brazos, con todo el cuerpo y sin dejar quietos un segundo sus ojos castaños que se escapan por arriba de los lentes en busca de complicidad.

No es raro que las primeras horas de arribo lleven al visitante a temblar, ya sea de frío, de emoción o de conmoción ante un paisaje extraño y fascinante. “Nadie va y vuelve de la Antártida, igual a como fue”, asegura desde el departamento de Ciencias Geológicas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, a donde siempre llega a bordo de su inconfundible Land Rover, celeste y blanco, modelo 80. Si bien este viaje diario por la ciudad puede resultar una aventura en su baqueteado 4 x 4, siempre estará muy lejos de igualar el periplo de arribar a la estepa blanca.

“El primer día que se llega a la Antártida –indica- uno se muere de frío. Se sale de Buenos Aires con 40 grados de calor con destino a Río Gallegos, en Santa Cruz. Allí se aborda un avión Hércules y a las seis horas ya estás en base Marambio, a – 10º. Es decir, en menos de un día se atraviesa una amplitud térmica de 50 grados”. Como jefa de grupo, “Andreita” como la llaman los que la conocen desde hace veinte años en esas latitudes, toma bajo su responsabilidad todo el aprovisionamiento para los dos meses de campamento. Carpas, combustible, mochilas, bolsas de dormir, alimentos, herramientas, equipos de radio, generador de electricidad conforman parte del equipamiento provisto por el Instituto Antártico Argentino-Dirección General de la Antártida.

Tras esta escalada obligada donde le aguarda todos los elementos de logística, además de amigos o viejos conocidos, le queda su destino final. En la temporada 2009 fue la Isla James Ross. Para arribar a este territorio es necesario hacerlo vía aérea. “Se debe atravesar –señala- el Mar de Weddell en dos helicópteros. Está prohibido por seguridad hacerlo en un solo aparato, dado que si se cae nadie sobrevive más de tres minutos en esas gélidas aguas. Si esto ocurriese, el otro helicóptero va de inmediato al rescate”.

Ya en tierra firme, comienza todo el despliegue del equipamiento. A desembarcar todo lo cargado a pulmón y armarlo. La carpa dormitorio, la carpa laboratorio, la carpa cocina, la carpa baño y la bandera nacional, que “llevo –dice- en el bolso de mano para instalarla ni bien llegamos”. Un complejo habitacional en el medio de la nada o el todo, que deberá sortear temporales sordos, sin truenos ni relámpagos, vientos de más de cien kilómetros por hora, que arrastran nieve endurecida y enfurecida dada la velocidad, conocida en la jerga austral como ventisca o blizzard.

Los helicópteros se van y recién volverán en un mes para reequipar de provisiones al equipo de tres a seis investigadores que se quedarán solos por dos meses. “Desde la partida de Buenos Aires hasta que pusiste la carpa en el medio de la nada, se lleva dos días sin dormir como mínimo. Por ahí son las tres de la madrugada pero es de día. Sólo hay un crepúsculo entre la medianoche y las 2 de la madrugada. En ese momento, lo único que querés es descansar, pero antes debés atar todo porque en cuestión de horas cambia el clima, y la ventisca o viento blanco arrasa con todo. En estas circunstancias me pregunto: ¿Quién me manda a venir acá? Luego se te pasa”, confiesa.

Licuado de hielos

El lugar elegido para armar las carpas en la isla James Ross varió dado el cambio climático. “Íbamos a poner el campamento en el mismo sitio donde se había hecho diez años atrás, pero el derretimiento de los hielos no lo permitió. Hubo que correrlo muchísimo e instalarlo a 300 metros de altura porque no había espacio para hacerlo sobre la costa. Hay glaciares que en diez años se retrajeron un kilómetro. Es impresionante. De la primera vez que fui a ahora, el cambio climático fue tal que ando en camisa porque llegamos a tener 14º”, compara.

El efecto del aumento de la temperatura sobre la tierra derrite los hielos y perturba, generando situaciones impensadas hace apenas unos años atrás. Por ejemplo, como siempre el equipo guarda bajo el hielo a la intemperie la caja con 20 kilos de carne de alimento y le coloca una bandera para ubicar la posición cuando la necesite consumir. ”Hemos tenido que cambiar el sitio porque los hielos se disuelven y queda al descubierto, sin refrigeración”, puntualiza.

La casi totalidad del continente blanco está cubierta de hielo, si éste desapareciera en su totalidad, los océanos se incrementarían en varios metros su nivel actual. Hoy, la Antártida actúa como un refrigerador de la Tierra y regula tanto las corrientes oceánicas como el clima mundial, según señala. Además conserva gran parte de agua dulce del globo. Ella la bebe todos los veranos, y no es una tarea sencilla. “Hacer agua” es parte de las actividades diarias. “Picás el hielo y cargás 20 ó 30 kilos en tu mochila. Luego la subís a cuestas hasta el campamento y la ponés en la “morocha”, una cacerola al fuego, que lo derrite. En realidad es agua destilada, como no tienes sales debés reemplazarlos con alimentos dulces o salados. Cuando volvés a tu casa en Buenos Aires seguís medio paranoico con el cuidado del agua y sólo usás la cantidad exacta. No derrochás porque te queda la idea del trabajo que cuesta conseguirla”, resalta esta mujer de pelo muy corto, no muy alta y esencialmente práctica.

Una tarea similar se requiere para darse un baño. Es necesario calentar unos 15 litros. “Tengo un duchador donde se carga el agua tibia. En el suelo se hace un pequeño cauce para el desagote”, relata. Se suele elegir días de poco viento para que el calor de los calentadores se llegue a percibir en la carpa. Luego a lavar la ropa en una palangana y a tenderla dentro de la tienda-laboratorio porque en el exterior quedaría congelada.

Jornada laboral

A las siete y media u ocho de la mañana comienza el día. “A veces, hay que ser muy valiente para salir a la mañana de la tibia bolsa de dormir, porque puede hacer –18º grados o menos dentro de la carpa. Es un momento duro”, menciona. No será la única instancia difícil, le sigue salir hacia la carpa-cocina a preparar el desayuno mientras se calefacciona con los calentadores. Si el tiempo es malo quedarán en el campamento. Aprovecharán a leer, a cargar datos en la laptop que funciona con la electricidad del generador, a clasificar el material que traerán de vuelta al continente o empezar a escribir el borrador de un trabajo científico. También jugarán a las cartas o a los dados. “El domingo puede ser un martes o un miércoles porque –explica- el día de descanso es el de tormenta”.

Si amanece con buen tiempo preparan las mochilas con las herramientas de trabajo y fiambres junto con bebidas para un almuerzo frugal que cortará una jornada de diez a doce horas de exploraciones de campo. Por cuestiones de seguridad, siempre salen de a dos, nunca solos para que siempre haya alguien que pueda dar aviso en caso de emergencia o ayudar al rescate. Pueden caminar cuatro horas sorteando grietas y puentes de hielo hasta llegar al sitio donde llevarán fósiles, rocas y distintas muestras para llevar a cuestas al campamento. “Cargás 20 o 30 kilos o lo que puedas soportar en la mochila. Sos vos y tu mochila, que es parte de tu cuerpo”, define sin quejarse. Este dificultoso transporte, en ocasiones, es el final de un duro trabajo previo. “El último verano –recuerda- hicimos excavaciones en una pendiente a 300 metros de altura y en la que no podías quedarte parada dado la inclinación. Volvíamos fusilados de cansancio a la carpa a eso de las 10 u 11 de la noche. A cocinar, lavar los platos y a dormir. Dos veces por semana se puede hablar con la familia o amigos por radio”, sintetiza.

Hoy, el equipo recorre a pie lo que fue un océano hace millones de años. “Yo estudio nanofósiles calcáreos que son escudos de algas que formaron parte del plancton de los últimos 195 millones de años. Cuando muere el alga, las placas caen al fondo del mar y eso es lo que analizamos”, precisa. Cualquier podría pasar por delante de estos fósiles sin que le llamen la atención, sin embargo, los especialistas obtienen de ellos datos valiosísimos. “Podemos saber las condiciones de los océanos del pasado como la edad, la temperatura, la salinidad, la profundidad o el nivel de oxígeno. Se trata de reconstruir como fue el ecosistema. Al conocer el cambio climático del pasado, se puede hacer una predicción hacia el futuro”.

La Isla James Ross guarda un tesoro inigualable. “Esa zona –indica- constituye una cuenca de 6000 metros de espesor de sedimentos marinos que representan gran parte de las edades geológicas. Si se pudiera caminar sin detenerse se podría conocer toda la historia geológica del Cretácico (125 millones de años hasta los 65 millones de años). Es decir, se tiene 60 millones de años acotados en 6 mil metros. Es una secuencia única para el Hemisferio Sur por sus características”.

A veces en plena tarea de campo, el avistaje de un ave negra, un petrel de tormenta, es la señal de que conviene volver cuanto antes al campamento porque se avecina “pesto” o mal tiempo. En ocasiones, no hay ningún pájaro de mal agüero sino la experiencia acumulada de años de campaña en el continente blanco, que capta percepciones inaudibles para los recién llegados. “Ves el glacial y hay algo que no te gusta. Le decís a tu equipo que se debe regresar. No es raro que los más jóvenes te digan: “¿Por qué debemos volver, si está lindo?”. A las dos horas se levanta una nevada impresionante”, relata.

La diferencia entre ser un visitante y un antártico, son varias temporadas vividas en ese gélido desierto. El cuerpo pasa a ver, oír, oler o desarrollar sentidos que ni sabía que tenía en la gran ciudad, pero allí se despiertan y ayudan a la supervivencia. ¿Será puro instinto animal o conocimiento aplicado? Lo cierto, es que ser antártico es estar integrado con cuerpo y alma a la blanca estepa.

“Yo nací en Pompeya, a cuatro cuadras del Riachuelo”, señala como para demostrar que es porteña de nacimiento, aunque antártica por adopción. A los tres años, su padre, médico cirujano con quien hoy vive, la llevó a hacer sus primeros pasos por la montaña y a disfrutar de la vida comunitaria del campamento. “Viví de pequeña el espíritu de solidaridad de grupo. Sé que lo que uno no haga, joroba a los otros. Tu propia vida depende del otro y tenés que poder confiar en él. O al revés, si tu compañero se cae en un grieta, lo tengo que salvar y hasta puedo morir en el intento”, subraya. Las relaciones se ponen a prueba a punto tal que los resultados son extremos. “He ido con amigos y perdí amistades. En cambio fui con gente desconocida y volví amiga para siempre. Todo es posible en la Antártida”, sentencia.

Imagine por un segundo vivir dos meses con sus compañeros de trabajo y no poder volver a su casa con sus afectos. Durante 24 horas habrá convivencia extrema: incomodidades por doquier, un clima hostil y muy pocos para trabajar mucho. ¿A quién elegir para semejante experiencia? “Es un gran problema. ¿Un académico brillante, pero mala persona? ¿Buena persona pero no muy destacado profesionalmente? ¿Buena persona, excelente profesional pero vago? Las combinaciones humanas son muy variadas”, plantea y ante la consulta sobre qué prefiere, contesta: “Luego de veinte años aprendí que lo importante es que vayas con una buena persona”. Claro que recién en la Antártida cada uno muestra quién es, y surgen facetas desconocidas hasta de sí mismo.

“Es un lugar que te encontrás con vos mismo. Semejantes paisajes te llevan siempre a la una reflexión, a un balance personal. Es una experiencia tan fuerte que cuando se regresa hay un cambio de forma de pensar. A cada uno, la Antártida le sienta de modo diferente”, dice.

Días de fiesta

Cada 22 de febrero, el día de la Antártida Argentina, Concheyro reitera con el fervor de siempre la misma ceremonia. “Con o sin ventisca cantamos el himno nacional junto a la bandera y decimos algunas palabras”, cuenta. Oíd mortales, el grito sagrado de un puñado de argentinos que sienten orgullo de serlo. La ceremonia se completa con un humeante plato de lentejas con chorizo. “Bien rico y argentino”, expresa.

Ese día le esperan más alegrías. Es el cumpleaños de su hermana quien vive en Nueva Zelanda. “Ahora puedo saludarla desde el teléfono satelital, cuyo uso es bastante caro. El servicio sólo es gratuito para casos de emergencia, pero no para cuestiones personales, como es lógico”, observa.

Ya se acerca la fecha del regreso. En el continente blanco, las horas del día se acortan a partir del 31 de enero, y atardece siete minutos antes que la jornada anterior. A fin de febrero, a las 21 horas ya es noche cerrada. Es tiempo de despedidas. Dos noches antes de la retirada final, es la fiesta del cierre de campaña: canelones caseros con salsa blanca, flan con dulce de leche y un “champagnecito” para el brindis. “Preparo un discurso donde hablo de las características de cada uno, un balance de los dos meses vividos y con cañas armo banderines para entregarlos a los novatos, una especie de diploma antártico”, ríe recordándolo.

Levantar campamento, cargar todo en los dos helicópteros que fueron a buscarlos y levantar vuelo. Desde el aire, no se ven huellas de lo que fue su hogar durante dos meses. Y esa es la idea, preservar lo mejor posible el medio ambiente. “Cuando te replegás, es una mezcla de alegría y tristeza”, dice Concheyro. Nunca tiene ganas de volver al continente, salvo que se entere que un ser querido la esté necesitando.

Apasionada por la paleontología, la Antártida y agradecida por su destino, ella está a mano con la vida. “Si muero hoy, estoy hecha. He sido inmensamente feliz. He sabido sentir lo que es estar en plenitud. Lo que sentí allá, no lo había sentido antes. Deseo a todos que tengan esta experiencia. Las personas empiezan a ver su verdadero potencial, porque aquí se está sometido a numerosas presiones y uno no se comporta como es”, confiesa. Es que a su criterio, este continente selecciona a almas afines. “En el mundo en que vivimos es muy difícil entrar en sintonía con personas que tengan los mismos valores. La Antártida va decantando a la gente y se quedan lo que están en la misma sintonía de forma de vida. Esto hace una comunidad bastante fraterna”, concluye.
Fuente: Publicado en La Nación el 24/07/2010