Ser o no ser
Como una ironía, el Año de la Enseñanza de las Ciencias sorprendió a la Facultad con una reducción en el porcentaje del presupuesto que le asignó el Consejo Superior la semana pasada. El decano Jorge Aliaga analiza la polémica decisión de la mayor universidad del país, sus graves consecuencias, y habla de la posibilidad de irse con la ciencia a otra parte.
¿De qué manera fue perjudicada Exactas con el refuerzo presupuestario que se aprobó el miércoles pasado?
– En concreto, no es que a Exactas le saquen plata. Lo que se aprobó en el Consejo Superior fue un refuerzo presupuestario de gastos de funcionamiento para todas las unidades académicas. De acuerdo a la distribución que se hizo el año pasado, a Exactas le hubiera correspondido recibir 489 mil pesos, pero se aprobó un modelo de distribución por el cual recibimos 230 mil pesos menos.
– ¿Cuál fue el criterio de distribución?
– La pauta que aprobó la mayoría, con un mínimo debate previo, consiste en considerar sólo la cantidad de alumnos y los metros cuadrados de las Facultades como únicos parámetros para distribuir los recursos. Nosotros el año pasado recibimos cerca del 15,5 por ciento del presupuesto para gastos de funcionamiento y este año vamos a recibir el 14,5. El problema real es que el criterio que queda asentado manifiesta que Exactas va camino a recibir un siete por ciento, que es el resultado final de calcular sobre alumnos y metros cuadrados.
– Entonces, el problema va mucho más allá de los 230 mil pesos menos.
– Por supuesto. En definitiva, se está otorgando un fondo pequeño para refuerzo de gastos de funcionamiento, que no va a solucionar los problemas de ninguna unidad académica. Ahora, si la Universidad considera razonable que el área de Exactas y Naturales funcione con el siete por ciento del presupuesto, es toda una definición de política académica.
– ¿Cómo considera que incidirá esta distribución sobre la Facultad si se convierte en un precedente?
– En principio, considero que sí, es un precedente y que genera una situación muy complicada a futuro porque así queda asentado que lo más justo es tomar el número de alumnos ante cualquier otra variable, y eso se dijo explícitamente en la sesión del Consejo Superior: hubo consejeros que manifestaron que “era un primer paso en la dirección correcta”, por lo tanto no es una situación casual, no es un error. Es una decisión política que si uno la acepta y la consiente nos llevará necesariamente a cerrar cursos o a hacer prácticas demostrativas, con menos equipamiento, con menos insumos.
– Digamos que es necesario escapar a la lógica de la cantidad de alumnos como único parámetro.
– Claro, a través de esa lógica, es fácil saber dónde terminaría una Facultad como la nuestra, con cinco mil estudiantes de grado, en una universidad con 350 mil alumnos. Exactas, para esos indicadores, es como una especie de lujo de rico. Y al respecto hay que destacar que, si bien la UBA debería contar con mayor presupuesto, lo que estamos discutiendo ahora no es la falta de presupuesto. Si la UBA tuviera el triple de presupuesto, nosotros también tendríamos más plata; pero el problema es la distribución y, por lo tanto, los objetivos de la UBA como universidad pública seguirían sin resolverse.
– ¿Qué distribución considera apropiada?
– Creo que hay que partir, antes que nada, de tener en cuenta cuál es la misión de la Universidad. De acuerdo a lo que indica el nuevo estatuto, la Universidad debe trabajar por el desarrollo armónico de las distintas áreas en consideración a los intereses de la sociedad y, por lo tanto, me parece apropiado que la distribución tenga algún correlato con las áreas disciplinares: las humanidades, las ciencias sociales, las ciencias de la salud, las ingenierías y las ciencias exactas y naturales.
– En una lectura rápida puede parecer razonable que una facultad con mayor cantidad de alumnos requiera más presupuesto.
– Es cierto. Muchos sectores, incluso universitarios, no tienen en cuenta los costos muy elevados de material de enseñanza y de infraestructura que requiere una facultad científica, y que es incomparable con los costos de una facultad de las llamadas de tiza y pizarrón. Pero para que exista una facultad científica, además de equipos, mobiliario, infraestructura e insumos para la docencia, tiene que haber docentes investigadores con cargos de dedicación exclusiva, que enseñen, no lo que aprendieron de sus maestros, sino los conocimientos que ellos mismos producen. Ese es el legado de la universidad que hicieron Rolando García, Broun Menéndez y Risieri Frondizi a mediados del 50, que terminó con la Noche de los Bastones Largos y que a partir del 86 volvió, en parte, impulsada por los graduados de ese momento, quienes retomaron la implementación de concursos competitivos y la prioridad de las dedicaciones exclusivas. Eso generó una fuerte transformación en Exactas después de tantos años de dictaduras.
– ¿Esa distinción que presenta la Facultad de contar con una gran proporción de docentes con dedicación exclusiva es lo que cambia los parámetros de la enseñanza?
– Por supuesto. Las dedicaciones exclusivas van generando toda una transformación. Los docentes se incorporan fuertemente a la vida de la Facultad, por lo que no sólo actualizan los programas y las prácticas sino que también, al dedicarle una importante cantidad de tiempo a la docencia y la investigación exigen nuevos instrumentos, insumos y empieza a generarse una dinámica de funcionamiento en base a otra lógica que, entre otras cosas, da por obvio que la relación docente-alumno tiene que ser razonable. En ese modelo de universidad las prácticas no pueden ser virtuales ni masivas, sino que tienen que permitir al alumno realizar los experimentos: no es lo mismo pasar una cierta cantidad de horas ejercitándose que mirando.
– Acá viene la diferencia entre modelos académicos…
– En la actualidad existen Facultades que han tratado de consolidar al mismo tiempo su manera de enseñar y su manera de investigar, porque esas dos instancias tienen que estar asociadas si se pretende un modelo académico científico. Ese es el caso de Exactas. Y también hay Facultades que tienen otra dinámica que podríamos pensar como más profesionalista y donde la investigación tiene una gravitación mucho menor o nula. En estos casos, ocurre que los recursos humanos con los que cuentan no tienen como vocación prioritaria trabajar en docencia e investigación. A lo sumo, desean hacer docencia universitaria como complemento de su desempeño laboral. Pero, aunque la ponderación entre una y otra pueda ser distinta, no tengo dudas de que no puede haber ninguna carrera de la UBA que plantee solamente un perfil profesionalista. Alguna componente de la parte académica científica tiene que tener; si no, hay una falencia, es lo que se suele definir como “enseñadero”.
– ¿Percibe una puja entre ambos modelos que se trasluce en lo presupuestario?
– Creo que, por diversas razones políticas, los sectores mayoritarios de la Universidad no se venían encontrando con las condiciones políticas para avanzar en lo que ellos creían que era justo, y ahora sí las encontraron. Para ellos, la justicia tiene que ver con una lógica que -si bien no lo reconocen en estos términos- se basa en la demanda. Entonces, con ese criterio, la política de la universidad tiene que seguir la demanda del estudiantado, aportando recursos a las carreras masivas, relegando cualquier tipo de idiosincrasia y planificación. El problema, además, viene de que a muchos de esos sectores les cuesta considerar la posibilidad de una universidad científica porque no la vivieron, porque no saben de su existencia. Eso implica que ni siquiera se percibe que hay necesidades distintas en las formas de enseñar de las distintas carreras y simplifica todo a que lo único que cuenta es la cantidad de alumnos.
– ¿La Universidad está en condiciones de revertir esa situación?
– Es muy probable que no haya actores universitarios que puedan cambiar esto, salvo que sea la sociedad toda la que ponga un ojo en el problema e invite a los actores universitarios a repensar la situación. Y guardo esperanzas de que así sea. Probablemente hubiera sido ridículo hacer este planteo en los años 90, porque la importancia que podía tener para el país carreras como ingeniería o las de Exactas y Naturales era claramente secundaria. Me parece que ahora es distinto y hay posibilidades de que se perciba realmente el problema.
– Pero, por otra parte, la Universidad tiene potestad para decidir ese panorama para sus ciencias exactas y naturales.
– Puede ser, pero a nosotros nos parece que acá hay algo que excede la autonomía universitaria. Atrás de la necesidad de desarrollo de la ciencia y la tecnología hay una elección de modelo país por toda la población, que excede la Universidad. En ese sentido, si se establece que el país quiere desarrollarse en ciencia y tecnología, que quiere cambiar de un modelo agroexportador de materias primas a otro que genere productos con valor agregado, que genere mejores condiciones de empleo y que para eso se necesitan más ingenieros, científicos, tecnólogos, consideramos un disparate dar desde la Universidad la señal de que la política académica se determina a partir de considerar las carreras donde se inscriben más alumnos. Por eso creo que tenemos la obligación moral de alertar sobre esta situación a la sociedad que nos está financiando.
– Usted afirmó públicamente que, en el caso de que la UBA conserve el modelo distributivo desfavorable a Exactas, trabajaría para que la Facultad se convierta en un instituto autónomo. ¿Ve viable esa opción?
– De lo que estamos hablando, para ser precisos, es de convertirse en una universidad que tenga un campo disciplinar acotado. Por supuesto, que hay que pensar en un interminable recorrido de búsquedas de apoyo, de consenso, trámites parlamentarios… Yo no estoy analizando la factibilidad de ese recorrido. Lo que sí, obviamente, analicé es si la propuesta puede tener sentido. Al respecto, se puede pensar que Exactas no es la facultad con menos alumnos de la UBA y que podría tener un número de alumnos mayor a muchas de las universidades nacionales que hoy existen. Tiene a su favor el hecho de que nuclea el 10 por ciento de la producción científica de todo el país y más del 10 por ciento de los investigadores del Conicet. También la Facultad ha logrado, de acuerdo con el impulso que le estuvimos dando en los últimos años, contribuir a las posibilidades de desarrollo y de innovación, acompañando las políticas impulsadas desde el Estado, porque esta es una institución pública y, como tal, debemos llevar adelante ciertos objetivos estratégicos nacionales. Con todo esto, resulta posible pensar que Exactas puede convertirse en una estructura autónoma.
– ¿Pero la primera instancia es seguir dando pelea dentro de la UBA?
– Desde ya. Nadie toma la posibilidad de dejar la Universidad como un deseo, sino que lo estamos analizando como un último recurso donde la otra alternativa sea la extinción.
– ¿Qué hecho considera que podría determinar esa extinción?
– Que Exactas tenga que someterse a lo que le indica su matrícula en relación al resto de las facultades. Eso hace que esta Facultad, como la conocemos y la hacemos todos los días, no sea viable.
Fuente: El Cable Nro. 705

Facultad de Ciencias Exactas y Naturales - Universidad de Buenos Aires - Argentina