Las madres de los que nos faltan

Como todas las madres, seguramente soñó con ver a sus hijos graduarse. Pero la dictadura que comenzó aquel 24 de marzo de hace 43 años dejó truncos sus sueños y el de decenas de jóvenes que hoy deberían ser graduados de Exactas. Esta es sólo una de las tantas historias de las madres y de sus hijos que ya no están.

22 de marzo de 2019

“Yo creo que Horacio quiso estudiar biología para entender cuál era el problema de salud de su hermana”, dice Haydeé Gastelú. “Horacio” es Horacio García Gastelú, secuestrado en 1976 y asesinado en la Masacre de Fátima. Haydeé es su mamá, actual presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

Haydeé tiene 90 años de lucidez y dulzura. Cuesta creer que la injusta dureza con la que la trató la vida no haya logrado agriarle el carácter ni minarle las fuerzas. Llegó a la presidencia de Madres Línea Fundadora más por obligación que por deseo, porque sabe que, aunque ella haya logrado saber qué pasó con su hijo, recuperar sus restos y ver a sus asesinos presos en cárceles comunes, todavía falta terminar de hacer realidad ese grito colectivo de “Memoria, Verdad y Justicia”.

Haydeé lleva casada con Oscar García Buela, su inseparable compañero, casi 70 años. Estudiaban juntos Economía, pero ella abandonó la carrera para cuidar a su primera hija, Alicia, que nació con serias dificultades de salud. “Dejé de estudiar para poder criarla porque me llevaba mucho tiempo cuidarla, llevarla a hacer reeducación. Tuve que rehacerla”, dice sin el menor indicio de arrepentimiento o reproche. “El doctor Escardó me ayudó. Fue una vida muy sacrificada, pero hice lo que yo sentía que tenía que hacer. Los últimos 8 años de su vida los pasó postrada, en su cuarto, con Alzheimer. Pero la tuve conmigo durante 64 años”. El mismo día que Alicia murió, hace dos años, Oscar ingresaba al quirófano para que le colocaran un marcapasos. “Desde entonces nunca más fue el mismo. Ya casi no se acuerda de nada. Está siempre pegadito a mí, lo llevo todos los lunes a las reuniones de Madres”, cuenta con inmensa ternura. Pero Haydeé no decae ni se hunde en los recuerdos de lo que pudo ser y no fue. Suspira, levanta la cabeza y dice: “es lo que me tocó”. Y le tocó mucho.

Horacio, el hijo que la dictadura le arrancó, fue su segundo hijo. “Vino en un momento muy especial de nuestra vida y nos trajo mucha alegría. Tener un hijo sano era lo mejor que nos podía pasar. Él siempre se sintió muy responsable de su hermana, siempre la apoyó mucho y la amparó. Y yo también cargué a mi cuenta el pensar que él había elegido estudiar biología para investigar el origen de la enfermedad de su hermana. Me sentía culpable. Yo quería que estudiara algo que lo liberara”, relata.

En una carpeta prolija y cronológicamente ordenada Haydeé guarda retazos de la vida de Horacio: fotos, cartas, dibujos, poesías, boletines del colegio y hasta afectuosas notitas de sus maestras. Hizo su escuela secundaria en el Nacional Buenos Aires. Era estudioso, buen compañero, le gustaba leer, dibujar y, sobre todo, la fotografía. Su paso por el Nacional lo marcó en más de un sentido. De su grupo de amigos, comprometidos y solidarios, no queda casi nadie. Casi todos fueron secuestrados o asesinados. Su mejor amigo, Eduardo “El Roña” Beckerman, fue el primer estudiante del Colegio Nacional Buenos Aires asesinado por la Triple A, en agosto de 1974. “El Roña era el más cercano a nosotros”, cuenta Haydeé. “El día que murió la pasamos re mal. Mi marido se enfermó, le hizo mucho daño. Todos los padres sufrimos la desaparición del Roña”.

Horacio ya había cursado algunas materias de la carrera de Biología cuando le tocó hacer el servicio militar. Haydeé sostiene que “ya estaba marcado cuando entró a la conscripción. Todos los chicos del Nacional Buenos Aires que estaban en política llegaban con una marca. Lo mandaron a trabajar al fichero, así que él aprovechó para buscar su ficha y vio que estaba observado, lo que quiere decir que no le daban armas, no le daban salidas, lo tenían vigilado y lo investigaban con un oficial que se llamaba De León”. Haydeé lo supo de boca del propio Horacio, porque llegó a contárselo en una de sus visitas. El 24 de marzo de 1976 lo mandaron a la Base de Infantería de Marina Baterías, en Bahía Blanca. “No me dejaron verlo antes de viajar. Ese 24 llovió a cántaros y siguió lloviendo por tres días seguidos, como si el universo supiera lo que pasaba acá”, recuerda Haydeé.

El 26 de julio de 1976, le habían dado franco y recién debía reincorporarse al regimiento el lunes 11 de agosto. Pero la vida de los García Gastelú cambió radicalmente 4 días antes. El 7 de agosto Horacio y su novia Dodó –Ada Victoria Ponto– fueron secuestrados. Se los llevaron esa noche de la casa de Dodó, en Banfield.

“Fueron años muy difíciles, de una soledad tremenda, porque nadie te quería escuchar, ni siquiera los vecinos”, cuenta Haydeé. “Si ibas a un negocio y decías, ‘a mi hijo lo secuestraron’, a los dos minutos todos saludaban y se iban, porque sólo el escuchar comprometía. Y yo me dedicaba a hablar todo lo que podía porque -dije- todo el mundo tiene que saber lo que acá está pasando. Pero la gente no quería”.

Por eso, para Haydeé fue muy importante encontrarse con otras madres que estaban pasando por el mismo calvario que ella. “A partir de nuestra búsqueda se consolidó nuestra amistad. Yo soy una de las catorce que ese 30 de abril de 1977 se encontró en la Plaza con otras madres. Vi a un grupo de mujeres frente a la Catedral, me acerqué y les dije: ‘Disculpen, ¿ustedes por qué están acá?’ Buscábamos respuestas y buscábamos a nuestros hijos. Desde entonces aprendí que todo el que tenga un problema, lo mejor que puede hacer es unirse”.

Ya desde mucho antes, Haydeé y su marido habían recorrido todos los caminos que pudieron imaginar y golpeado todas las puertas, incluso las inimaginables. Haydeé iba a reclamar por su hijo a la vicaría castrense de la Iglesia Stella Maris, al lado del edificio Libertad y les decía “yo no puedo encontrarlo como madre, pero como no se presentó en su puesto, a la semana ya fue un desertor y ustedes a un desertor tienen que encontrarlo”. Todos los viernes Haydeé iba a reclamarlo. Una vez logró ver a quien era su jefe en Bahía Blanca. Horacio le había contado que, para no perder el tiempo en esos largos meses de servicio militar obligatorio, se había dedicado a estudiar italiano en la biblioteca de la base naval y que eso había llamado la atención de su jefe. Al principio, el marino negó recordarlo, pero Haydeé fue terca y contundente: “Usted encontró a mi hijo en la biblioteca, estudiando italiano y le preguntó qué hacía ahí. Ése es mi hijo. Ése es el que me falta”. Pero la respuesta fue tan cruel como despreciable: “Si la peste se extiende, hay que exterminarla”. Haydeé le respondió enérgica, con esa valentía un poco inconsciente que da la desesperación: “¡¿Y quién resuelve si es peste o es enfermedad?! ¡¿Quién?!” Los dictadores no estaban acostumbrados a ser confrontados sino temidos. “El tipo se puso verde, se enojó. Me dijo `se acabó la entrevista´ y me echó. Yo tenía miedo de no llegar a casa, porque enfrentarlos era decirles yo sé que fueron ustedes”.

Otro intento fue enviarle una carta al teniente De León, ese que Horacio le había dicho que lo investigaba. Pero al no recibir respuesta, optó por intentar entregársela en mano. La dejaron encerrada varias horas en un cuartito en el que Haydeé intuyó que estaba siendo observada o, al menos, escuchada. Por eso decidió ponerse a leer la carta en voz alta. “Cuando terminé de leerla, se abrió una puerta y entró un tipo muy buen mozo que se presentó como el teniente De León. Le dije que tenía muchas ganas de conocerlo y él me respondió que él también. Se sentó a mi lado y me dijo que Horacio era un chico muy bueno. Yo le pregunté por qué no había respondido mi carta y su respuesta fue: ‘Hay cartas que son muy difíciles de contestar, señora’. Antes de irse, me abrazó y se le llenaron los ojos de lágrimas. Siempre me quedé con la angustia de pensar por qué. Yo sé que Horacio conversaba mucho con él, me decía que cuando terminara el servicio militar le gustaría hablar mejor con este hombre. Y yo creo que él también sentía algún afecto por Horacio porque si no, no me hubiera abrazado con los ojos llenos de lágrimas. Yo estoy segura de que De León lo que sabía era que yo estaba buscando a un muerto, porque la masacre de Fátima, donde asesinaron a Horacio, ya había pasado hacía más de un año”.

Haydeé lo sabría recién veinticuatro años más tarde, en el año 2001, cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de su hijo, pero Horacio había sido asesinado junto a otras 29 personas. La madrugada del 20 de agosto de 1976, apenas 13 días después del secuestro, Horacio fue llevado junto a otros prisioneros elegidos al azar –veinte hombres y diez mujeres– a Fátima, una pequeña localidad del partido de Pilar. Las víctimas fueron atadas y vendadas. Les dispararon en la cabeza desde una distancia menor a un metro, luego fueron trasladados al camino de Fátima, apilados y dinamitados. La masacre, una de las más sangrientas de la dictadura, fue impulsada por el ansia de venganza de policías de Coordinación Federal.

“Yo ya sé lo que pasó gracias a los antropólogos del Equipo Argentino de Antropología Forense. Fui de las primeras madres que dejó su muestra de sangre. Yo me acordaba perfectamente de esa masacre porque fue a los pocos días de la desaparición de Horacio. Mi marido quería ir a ver si estaba entre los asesinados pero yo le dije que no: yo muerto no lo voy a buscar, yo lo voy a buscar vivo. Y no lo dejé ir”, recuerda Haydeé.

Sin embargo, tras veinticinco años de búsqueda, recuperar los restos de su hijo fue reparador para Haydeé. Ahora sabe que están en San Justo, junto a los de sus abuelos, sus bisabuelos y su hermana Alicia. También ha logrado cumplir su sueño de justicia porque los responsables de la masacre han sido condenados a cadena perpetua y cumplen sus condenas en cárceles comunes. Ha tenido una vida muy dura, pero nadie se atrevería a pensar que no ha valido la pena. Haydeé lleva bien en alto esa impronta que les dejó Azucena Villaflor, la primera presidenta de Madres, secuestrada y desaparecida por Astiz en la iglesia de la Santa Cruz. “Nosotras somos todas muy diferentes, pero Azucena nos enseñó que tenemos que estar muy unidas. Cuando nos conocimos decíamos ¿a vos quién te falta? No importaba si era de arriba, de debajo, de izquierda o de derecha. Era una madre que buscaba a un hijo. El día que me encontré por primera vez con Azucena nos dijo que teníamos que crecer y unirnos. Juntas podemos hacer algo. Separadas, nada. Fue un sello que nos puso y todavía lo tenemos”.

Patricia Olivella