Una biblioteca con historia


Resulta tan habitual caminar por el primer piso del Pabellón II de Exactas y ver las salas de la Biblioteca llenas de estudiantes y graduados, solos o en grupos, investigando, compartiendo lecturas o haciendo trabajos prácticas, que uno casi no le presta atención, como suele ocurrir con tantas cosas importantes que forman parte de nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, es absolutamente claro que la “Biblioteca Central Luis Federico Leloir” es una de las herramientas esenciales que tiene la Facultad por su participación clave en los procesos de enseñanza, generación y preservación de conocimientos, y el acceso a ellos para todos los miembros de la comunidad sin ningún tipo de barreras. Misión para la cual debe reinventarse periódicamente para ir adaptándose a los cambios tecnológicos que van modificando los soportes en los cuales circula el saber. Hoy día, parece imposible imaginar a la Facultad sin su biblioteca.

A pesar del rol protagónico que ocupa desde hace años es todavía muy poco lo que se conoce acerca de sus orígenes, de cómo se formaron sus colecciones, de los pasos que se fueron dando hasta que se constituyó en biblioteca, de quiénes fueron los artífices de ese proceso, cómo fueron variando sus formas organizativas, qué elementos permanecieron y cuáles fueron cambiando.

Esa deuda, ciertamente llamativa, empezó finalmente a saldarse con la publicación del número 25 de La Ménsula, la revista del Programa de Historia de la Facultad, que presenta dos artículos elaborados por Ana Sanllorenti y Silvina Malzof, quienes, recurriendo a diversas fuentes, llevan a cabo una aproximación sobre una temática, hasta ahora, prácticamente huérfana. Las notas constituyen la culminación de más de dos años de trabajo.

La presentación oficial tuvo lugar en la Hemeroteca de la Biblioteca Central con un panel del que participaron Ana Sanllorenti, Subsecretaria de la Biblioteca de la Facultad; Alejandro Parada, secretario académico e investigador del Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), y Víctor Ramos, Profesor Emérito de Exactas UBA e investigador superior del CONICET en el Instituto de Estudios Andinos (UBA CONICET).

La inspiración y la aventura

La primera intervención estuvo a cargo de Ana Sanllorenti, una de las autoras de los artículos, quien adelantó que no se iba a referir al contenido de lo publicado en la revista sino que su presentación se iba a dividir en tres momentos. “El primero es el de la inspiración que nos llevó a encarar este trabajo; el segundo es la aventura, o sea, cómo lo hicimos, y el tercero es el resultado final que también es un principio”.

En relación con la motivación, precisó un hecho que la movilizó y que se relaciona con las actividades relativas al aniversario de Exactas. “Cuando la Facultad cumplió 150 años se editaron dos libros sobre esa historia. Leyendo esos dos libros encontré escasísimas referencias a la biblioteca. Me llamó mucho la atención. ¿Cómo es posible que dentro de la historia de la Facultad no estuviera inserta la biblioteca?” se preguntó con sorpresa. Y completó: “Por otra parte, este no es caso particular sino que me di cuenta de que aún son muy pocos los trabajos de historia de las bibliotecas y de la bibliotecología en Argentina”.

A partir de este escenario, que avivó su inspiración, Sanllorenti se lanzó a la aventura de sumergirse en un conjunto diverso de fuentes primarias de información como las actas del Consejo Directivo de Exactas, los Anales de la UBA, la revista de la UBA, las memorias de la Facultad, y otras. Entonces, hace aproximadamente dos años, le pidió a Silvina Malzof -bióloga que trabaja en la Biblioteca-, que tomara las actas del Consejo Directivo y que marcara cada vez que apareciera una mención sobre la Biblioteca.

“Silvina no me hizo caso. Lo que hizo fue construir unas planillas impresionantes llenas de información. Y lo hizo no sólo con las actas del Consejo Directivo, sino con la revista de la UBA, y los anales de la UBA”, dijo Sanllorenti ensalzando el trabajo de Malzof. Pero ocurrió algo más: “Cuando empecé a leer todo eso, me ocurrió lo mismo que le pasó a Alicia cuando se cae en el pozo y va al País de las Maravillas: me metí en otro mundo. Percibí que esos textos me obligaban a trabajar sobre el tema y a rellenar los espacios vacíos. Ese entusiasmo fue creciendo en las dos”.

Una vez reunido todo el material, las autoras se enfrentaron a una serie de preguntas difíciles: ¿Qué seleccionar entre tanta información? ¿De qué manera estructurar el trabajo? ¿De dónde partir y hasta dónde llegar? Como suele ocurrir, se dieron cuenta de que la mejor manera de empezar era por el principio: ¿Cuándo y cómo se creó la Biblioteca? Y, entonces, se dieron cuenta de que no existe un día de fundación de la Biblioteca Exactas, sino que hubo elementos, colecciones, personas, disposiciones, que se fueron sumando y superponiendo hasta que en algún momento surgió algo que comenzó a llamarse Biblioteca.

“En ese punto se nos apareció la metáfora de la metamorfosis que fue la que nos permitió ir enlazando los distintos temas que abordamos. Y, finalmente, le dio el título al artículo principal y a este número de la Ménsula”, explicó Sanllorenti.

Efectivamente,  “De crisálida a mariposa: los orígenes de la Biblioteca de Exactas (1865-1915)” es el título del artículo principal de la revista. Pero no es el único sobre esta temática. Existe una segunda nota de las mismas autoras que analiza el primer Reglamento de la Biblioteca, creado en 1907 y la modificación que incorporó, posteriormente, el préstamo domiciliario.

“Este artículo marca el final de esta primera aventura pero también el principio de las que vendrán dado que queremos completar la historia de la Biblioteca y el cúmulo de datos que reunió Silvina tiene material para eso y mucho más”, detalla Sanllorenti y termina con una invitación para todos los presentes : “Espero que la lectura de los artículos les resulte interesante y ojalá que placentera”.

Las bibliotecas de la Manzana

La segunda exposición estuvo a cargo de Alejandro Parada, quien reflexionó sobre la importancia y la vitalidad de pensar la historia del libro y de las bibliotecas en el marco de las humanidades y ciencias sociales. También propuso  la necesidad de relacionar la historia de las bibliotecas con los estudios culturales en general.

El cierre del encuentro le correspondió al prestigioso geólogo Víctor Ramos, quien, además, se ha convertido en un apasionado investigador de la historia de la Manzana de las Luces. En los últimos años, Ramos se encuentra abocado a reconstruir la extensa historia que tuvo la Facultad en ese edificio.

“Siempre nos llenamos la boca diciendo que en la Manzana de las Luces nació la ciencia en Argentina. Pero también podemos decir que allí surgieron las bibliotecas de ciencias de la Argentina. Es impresionante la cantidad de cosas que, desde el punto de vista bibliotecológico, se iniciaron en ese lugar”.

Ramos fue haciendo una enumeración de las diferentes bibliotecas que se crearon y funcionaron en la Manzana de las Luces. Precisó que la primera biblioteca de la que se tiene registro fue la del Colegio San Carlos. Nació hacia 1778 junto con el colegio y funcionó  hasta las invasiones inglesas de 1806 cuando el lugar que ocupaba ese colegio fue utilizado como un cuartel para los regimientos que se habían creado para combatir al invasor.

Así fue repasando, entre otras, la historia de la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires, la  del Museo Argentino de Ciencias Naturales, y la que surgió con la creación del Colegio Nacional de Buenos Aires. Finalmente, Ramos se concentró en relatar la historia de la Biblioteca Pública Nacional, que culminó con una anécdota que sorprendió a todo el auditorio.

La Biblioteca Pública de Buenos Aires fue creada el 7 de septiembre de 1810 por decreto de la Primera Junta por decisión de su secretario Mariano Moreno (también Manuel Belgrano habría promovido esa iniciativa). Sus primeros materiales bibliográficos provinieron de lo que había sido la biblioteca del Colegio San Carlos y de donaciones de particulares como Manuel Belgrano, el obispo Manuel Azamor y Ramírez y Luis Chorroarín. Abrió sus puertas al público en 1812 bajo la dirección de Chorroarín. En ese momento, ocupaba varias habitaciones que se ubicaban en la esquina formada por las calles Moreno y Perú.

Un detalle muy importante en toda esta historia es que el 22 de agosto de 1810, es decir antes de la creación oficial de la Biblioteca Pública, Moreno le solicitó por carta al gobernador de Córdoba, que embargara la “librería” que manejaba el obispo realista Rodrigo de Orellana. Moreno sabía que Orellana estaba en poder de lo que quedaba de la antigua biblioteca jesuita del Colegio Máximo. Esa biblioteca había sido la más importante del país hasta 1767, año en que los jesuitas fueron expulsados de América. En ese momento, las autoridades realizaron un inventario que arrojó que la biblioteca contaba con seis mil libros. Lo cierto es que la orden de Moreno tardó bastante tiempo en concretarse y, finalmente, sólo unos 919 libros fueron enviados a Buenos Aires para incorporarse a la Biblioteca Nacional.

En ese punto, Ramos describió algunas de las idas y vueltas que sufrieron los libros de la colección jesuítica para concluir en que, hoy día, de esos seis mil libros, alrededor de dos mil están perdidos. “¿Dónde podrán estar esos libros?”, se preguntó.

Enseguida, comenzó a relatar algo que le había ocurrido este verano y que dejó asombrados a todos los presentes. Contó que estuvo de vacaciones en Córdoba y que, conociendo su afición, le recomendaron que visitara el Museo del Libro ubicado en Traslasierra.  “Me costó mucho encontrarlo porque está en medio de las sierras. Es una casa pequeña, muy modesta. Lo impresionante es que tiene alrededor de 500 libros extraordinarios. Ya en la primera vitrina se exhibían libros del 1500. Yo jamás había tenido un libro del 1500 en la mano y el bibliotecario me decía: ‘tóquelo, no son de papel, son como una tela; fíjese, es del 1500 y aguanta todavía’”, recordaba Ramos y transmitía su estupefacción.

 Luego, describió Ramos, pasaron a otro sector con libros y mapas del 1600 y del 1700. “Sacaba unas joyas de tal valor que a mí se me caía la mandíbula y, de vez en cuando, decía: ‘mire éste es un libro de los jesuitas’”, narró. Y completó: “¿No les parece raro una colección que empieza por el 1500 y termina hacia 1767?”.

A esa altura la pregunta ya flotaba en el ambiente: ese lote extraordinario de 500 libros ¿será una parte de los 2 mil libros que permanecen “perdidos” de la antigua biblioteca de los jesuitas?

La Ménsula

Todos los interesados en leer los artículos completos publicados en La Ménsula 25 pueden descargar el número completo desde el sitio de la Biblioteca Digital de Exactas ingresando al siguiente link: http://bit.ly/LaMensula25